Nada se pierde, todo se transforma

Paula Placeres

4/20/20263 min read

Nada se pierde, todo se transforma...

Transcurría el mes de enero del año 2010. Como ya he contado antes, en estas fechas hacía poco habíamos regresado a Trinidad, después de casi dos años en Italia por temas de salud.

Antes de este viaje, vivimos durante 10 años en Montevideo, en el barrio Ituzaingó, allí nacieron y crecieron mis hijos más grandes. Todo ese tiempo vivimos en un apartamento en planta baja, en un pasillo al fondo.

Nos hicimos de aquel apartamento por un intercambio, sus dueños, Raquel y Rodi, conocidos de mi esposo, a quien querían como un hijo, lo tenían vacío hacía algún tiempo. Al saber que nosotros nos íbamos a casar y esperábamos nuestro primer hijo, nos ofrecieron un negocio; nos daban este apartamento para vivir inmediatamente, y a cambio debíamos construir, sin apuro, una casita para ellos en el balneario La Paloma, Rocha.

Y así fue que esperamos el nacimiento y comenzamos a construir aquella cabaña, en el terreno que ellos tenían hacía ya tiempo.

Viajábamos casi todos los fines de semana, con todos los climas y todos los contratiempos posibles, allá íbamos nosotros. Teníamos una Chevrolet del año 51, en ella llevábamos todo para pasar el fin de semana, además de materiales y herramientas que llevábamos desde Montevideo.

Pasaron varios años hasta llegar a terminar la casita para ellos. Fueron muchos viajes, mucho sacrificio, mucho trabajo. Tuvimos la crisis del 2002 en el medio, nos fue muy mal, pedimos un préstamo a un prestamista y nos fue aún peor. En medio también nació nuestra segunda hija, y viajábamos los cuatro.

Aún así, con mucho sacrificio y la ayuda constante de Raquel y Rodi, pudimos cumplir con el compromiso que habíamos asumido.

Así fue, que nos hicimos de nuestra primer casa propia, el apartamento en el que vivimos una gran parte de nuestra vida.

Llegando el 2010, luego de volver de Italia, decidimos volver a empezar, y nos radicamos en Trinidad. Dónde teníamos nuestras familias.

Y aquí un nuevo desafío, teníamos un terreno, y queríamos construir una casita económica para evitar pagar alquiler.

Solo teníamos 1500 euros que nos habían dado por un autito que teníamos en Italia, el resto del dinero que teníamos lo habíamos gastado en los pasajes de vuelta a casa.

Comenzamos a averiguar los costos de los materiales para construir, ya que la mano de obra era la de nosotros mismos, mi esposo era constructor y mis hijos y yo sus ayudantes, y siempre había alguien más dispuesto a darnos una mano.

Fue así que en esos días, durante una conversación con mi abuelo Ismael, el decidió hacernos un regalo. Para obtenerlo debíamos trabajar muy duro.

Nos regaló una vieja tapera, en el paraje de Juan José Castro, donde él tenía campo en ese entonces.

Estaba construida con ladrillos de los de antes, de los grandes, y al ser una construcción asentada en barro, retirarlos sanos, sería relativamente fácil.

También la madera de los tirantes de los techos estaba en buenas condiciones y nos serviría para transformarlos en las puertas y ventanas de nuestra nueva casita.

Trabajamos fuerte durante varias semanas sacando uno a uno los ladrillos, con cuidado de no romperlos, hacíamos pasamanos para cargarlos en un camión y luego descargarlos de la misma manera en el terreno en el pueblo.

Fue una gran empresa lo que hicimos, con la ayuda de la familia y amigos.

El resultado fue, que en poco tiempo ya estábamos viviendo en nuestra casita, empezando de nuevo.

Y así fue, que una vieja tapera que estaba por derrumbarse, se transformó en una casa nueva, para construir nuevos sueños y una nueva vida.

Allí nació nuestro tercer hijo.

Allí vivimos durante 10 años, en aquella pequeña casita que construimos en el fondo del terreno, dejando espacio como para construir una casa grande y más cómoda en el futuro, que con mucho sacrificio y un poco de suerte llegaría también.

Ésta, será parte de otra historia que más adelante relataré.